La cantimplora

Había una vez un caminante, un montañero, un aventurero, cuya mayor pasión era explorar territorios desconocidos, perderse por nuevas rutas, allá donde sus pies le llevaran.

En aquella ocasión, una sequía había asolado la región, agotando el agua de todas las fuentes que encontró a su paso. Un sol radiante, como una gran bola de fuego, golpeaba vertical desde el cielo azul, sin nubes que le hicieran frente ni siquiera por un momento. Es por eso que al cabo de un tiempo el caminante empezó a encontrarse fatigado y sediento.

Tenía entendido que en una bifurcación del camino, adentrándose en el bosque, había un refugio. Un refugio para caminantes, y decidió dirigirse a él para calmar su sed y descansar un poco.

Caminó, caminó, caminó y caminó, y siguió caminando hasta que por fin, al final del sendero, en un pequeño claro, encontró el refugio. Corrió hacia él casi sin aliento, pero al entrar en la choza descubrió con desolación que allí no había nada que beber.

A través de la ventana vio, bajo la sombra de los árboles, una bomba de agua. Fue hacia ella y se puso a darle a la manivela como un loco, pero no obtuvo más que un agudo chirrido. Ni una sola gota de agua. El caminante cayó al suelo extenuado y cada vez más sediento.

Estaba sentado con la espalada apoyada en la bomba de agua cuando vio que, frente a él, medio enterrada en el suelo, había una cantimplora. Al cogerla comprobó con alegría y gran alivio que estaba llena y fresca al tacto. Y también descubrió un mensaje: “Necesitas alimentar la bomba para que funcione. Vierte el contenido de la cantimplora en el orificio y dale a la manivela hasta que salga agua. No olvides rellenarla para que el siguiente la pueda usar.”

Aquello lo dejó desconcertado. Abrió el tapón y sintió unas ganas enormes de beber. ¿Y si el mensaje no era verdad? ¿Y si la bomba estaba estropeada? ¿Y si la fuente, como otras a lo largo del camino, estaba seca? Si bebía de la cantimplora nadie más podría usar la bomba en el futuro, pero si desperdiciaba el agua… Envuelto en la duda, miró la cantimplora y se la llevó a la boca, posando ligeramente los labios sobre el agua fresca y sintiendo las minúsculas gotas recorrer su lengua antes de llegar a su garganta.

Entonces, con un movimiento súbito, casi sin pensarlo, derramó el agua de la cantimplora en el orificio de la bomba y volvió a accionar la manivela. Al principio sólo el chirrido. Sin embargo, después de unos momentos, un finísimo hilo de agua comenzó a asomar. Poco a poco, el hilo fue aumentando hasta que, de pronto, rompió en un caudal enorme de agua fresca y cristalina.

El caminante no podía creer lo que veía. Metió la cabeza bajo el chorro y bebió. Bebió y bebió hasta saciarse por completo, hasta que ya no pudo beber ni una gota más. Colmado de gratitud y felicidad, volvió a llenar la cantimplora y la colocó en su sitio, esperando que otra persona confiara en ella como él había hecho.

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